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«Un árbol no es un objeto, es un proceso»

Carmen Vázquez, psicoterapeuta, formadora y supervisora.

Una persona no es un ente estático, es un proceso dinámico, es interacción permanente con su entorno.

No es una unidad, es una multiplicidad: de estados, de estratos y estructuras psíquicas, de roles y personajes internos…

No se rige desde un plano único, sino por tres planos: mental, emocional, corporal, que a su vez, dependen de un meta-centro: la conciencia.

Su centro operativo no se halla en el raciocinio, sino en el sentir y el impulso vital.

No se mantiene en un estado de conciencia, sino que transita por múltiples estados que pueden variar desde el sueño profundo hasta estados de lucidez máxima (estados “cumbre”).

No actúa sólo desde la voluntad, multitud de automatismos instalados a partir de las experiencias vividas y el aprendizaje, rigen su comportamiento y su acción cotidiana.

No percibe la realidad, sino que la construye al configurarla e interpretarla (atribuirle significación).

No expresa sólo desde lo verbal. Entre el 80-90% de los contenidos comunicativos se expresan a través del lenguaje no verbal: Movimientos, gestos, mirada, tonos de voz..

No se transforma a partir de influencias externas, sino desde impulsos internos siempre y cuando las condiciones son adecuadas (lo externo puede impedir la transformación pero no la genera).

No incorpora comprensiones y aprendizajes desde lo cognitivo, sino desde lo significativo, y eso implica la acción y la emoción.

No podemos acceder a la persona desde las recetas y las técnicas, sino desde el contacto, el vínculo y la relación.

No hay vínculo ni relación si no hay contacto.

Es decir:

No podemos crear una etiqueta, un cliché de la persona, se trata de captar el movimiento particular en el que se encuentra la persona, sus dinámicas.

No podemos buscar simplicidad y coherencia, sino abrirnos a la complejidad la contradicción y la paradoja.

No podemos centrarnos en el aspecto intelectual, sino atender a lo emocional y lo corporal, y de fondo de eso, a la consciencia que tenga la persona de su actividad mental, emocional y corporal y de sus dinámicas.

Se trata de:

Intentar captar en qué estado de conciencia se encuentra en cada momento y qué variaciones se producen, y facilitarle la transición hacia grados de mayor lucidez.

Diferenciar y ayudarle a diferenciar cuando actúa desde la voluntad real o desde los automatismos: reacciones, patrones de relación, guiones de comportamiento y de vida…

Descubrir y ayudarle a descubrir su forma de construcción-interpretación y las leyes que rigen esa forma (creencias, valores, identidad) y ayudarle a flexibilizar y a ampliar esa construcción, así como, en la medida de lo posible, a objetivarla.

Atender fundamentalmente a los códigos paralingüísticos, al cómo se expresa y no sólo a lo que expresa.

Crear las condiciones que lo faciliten, pero dejar que sea la persona la que desarrolle su proceso de cambio en la forma y sentido que le surja.

Propiciar un espacio de resignificación e incorporación de nuevos significados.

Establecer una relación genuina y, para ello, establecer y mantener el contacto.

Contacto: Es la puerta a ese universo complejo, múltiple, dinámico, que es la persona. Sin contacto no hay comunicación real, sino simplemente intercambio de información. El contacto implica oír escuchando, mirar viendo y estar, sintiendo a aquel o aquella con quien estamos;  y sintiendo lo que produce en nosotros lo que nos llega de él o ella.

El contacto y la comunicación genuina de por sí, ya son elementos transformadores para las personas implicadas en una relación.

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